Wednesday 25 de November 2020
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Ni debates ni electorales: espectáculo.

12 octubre, 2020

Por Francisco Jerez

73 millones de personas en 2020; 84 millones de personas en el primero de 2016; 80 millones de personas en 1980… la lista puede seguir. No son los eventos más televisados de la historia —como el funeral de Michael Jackson o Lady Di ni como el rescate de los mineros chilenos—, pero es innegable que los debates presidenciales estadounidenses convocan a grandes audiencias; basta ver las estelas dejadas por el debate Trump-Biden del pasado mes. Sin embargo, no son lo que eran en tiempos de Lincoln y Douglas, Nixon y Kennedy, ni siquiera de Obama y Romney, pues su caracterización actual puede resumirse con una palabra: espectáculo, y es lo que nos hace plantear una inquietud general: ¿para qué sirven los debates electorales?

La unanimidad de opinión no es una cualidad general de los seres humanos. Debatimos sobre todo, desde cosas pequeñas hasta las que no tienen importancia, y se zanja la discusión con una frase que resume y justifica las diferencias: “cada cabeza es un mundo”. Nuestro objetivo no es adentrarnos a todos los mundos posibles, ya que carecemos de las cualidades necesarias, pero sí presentaremos algunas razones que pueden llevarnos a afirmar que los debates sí tienen importancia, y lo contrario.

Para algunos, los debates tienen un valor incalculable, ya que mejoran la calidad institucional; proveen información al votante, sobre todo al indeciso; y muestran las ideas de los candidatos menos conocidos. Estas, sin duda, son razones legítimas para afirmar que los debates deben estar presentes en todas las etapas electorales de los países que pretenden ser llamados democráticos. Tener la oportunidad de ver a los candidatos contrastar informaciones e ideas cara a cara, de juzgar su carácter mientras están sometidos a la presión de los ataques contrarios, y provocarnos con una frase pulida durante horas de entrenamiento, es el atractivo de los debates. Es decir, todo se trata de provocar emociones, de motivar al votante, de emocionarlo lo suficiente para que vote por ti. En democracia, no sólo le pagamos a los políticos para gestionar, sino para emocionar.

Por tanto, los debates son luchas de emociones, porque «el cerebro político es un cerebro emocional. No es una máquina desapasionada y calculadora que objetivamente busca los datos, las cifras y las políticas correctas con el objetivo de adoptar una decisión razonada» (WESTEN). Los candidatos que debaten deben seguir la petición de Arquímedes que reza: “dame un punto de apoyo y moveré el mundo”— y convertirla en: “planeemos un debate y emocionaré al mundo”. Quizás sea excesivo el lenguaje utilizado, incluso pretencioso, pero la idea es clara: quien no emociona ni convence a los indecisos ni desmoviliza a los votantes del rival, sólo se quedará con quienes le votarán a pesar de todo.

El otro punto de vista, el que niega importancia a los debates, también tiene argumentos de peso. Para quienes mantienen esta posición, los debates no son más que una puesta en escena a la que se le atribuye una importancia que no le corresponde. No ganan elecciones, el formato obliga a dar respuestas superficiales a problemas profundos, importa más la forma que el contenido, y, definitivamente, son las metidas de pata o los hechos curiosos los que dominan los análisis posteriores al debate.

Las elecciones se ganan por muchos factores: el contexto, el candidato, los temas de campaña, los recursos, entre otros. Afirmar que un debate puede decidir una elección sólo pasa en series de televisión, como Borgen, o en los mitos sobre los debates entre Nixon y Kennedy. Lo primero es ficción, y en lo segundo se olvida una serie de hechos como los siguientes: Nixon, entonces vicepresidente, no pidió el apoyo de Eisenhower —uno de los presidentes más populares de la historia— durante la campaña, sólo lo hizo cuando era tarde. La campaña de Nixon se basaba en su experiencia y preparación para el cargo, ya que, según él, participaba en todas las decisiones de su administración, pero Eisenhower destruyó ese relato, pues al preguntarle sobre una idea de Nixon que haya adoptado como presidente dijo: If you give me a week, I might think of one (si me das una semana, puede que piense en una). Esto fue aprovechado por la campaña de Kennedy para hacer uno de los spots de ataque más famosos de la comunicación política. Entonces, creer que un debate electoral gana una elección es casi equiparable a lanzarse desde cuatro mil pies de altura sin paracaídas y esperar sobrevivir: una locura. A pesar de que no ganan elecciones, los debates sí pueden debilitar campañas. Es lo que pasó con Obama cuando se enfrentó a Romney en 2012. Romney ganó el primer debate y la ventaja de Obama se vio reducida, aunque muy poco. Los debates reafirman las ideas preconcebidas de los votantes, muy pocos cambian de voto al ver uno.

Igualmente, el formato de los debates no contribuye con la búsqueda de soluciones reales a los problemas de la gente, ya que las respuestas deben ser cortas. En la serie The West Wing le llaman The ten word answer, hay problemas tan complejos que no se solucionan con una respuesta de diez palabras. Lo anterior hace que importe más la forma de decir las cosas y no lo que se dice. Kennedy fue un maestro en esto, podía decir cosas abstractas con mucha seguridad y carisma, lo que contrastaba con un Nixon con el carisma de una piedra, aunque hablaba de problemas reales. Por último, los hechos curiosos o las pifias de los candidatos dominan la cobertura, si no, ¿por qué se le dio tanta importancia a una mosca sobre el pelo del vicepresidente Mike Pence durante su debate con Kamala Harris, o cuando Bush padre miró su reloj durante uno de los debates del 92?

No me corresponde obligar al amable lector a decidirse por una de las posiciones, suficiente martirio tiene con haber llegado hasta aquí; pero, viendo el último debate presidencial en los Estados Unidos, creo que debemos preguntarnos para qué queremos debates y no sólo si sirven de algo.

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