Opiniones

Verdad y mentira en la era digital: desafío para la sociedad dominicana

Por Luis Gonzalez Fabra

Vivimos una paradoja inquietante: nunca antes los dominicanos tuvimos tanto acceso a la información y, sin embargo, nunca fue tan difícil distinguir la verdad de la mentira. Las redes sociales y las plataformas digitales han democratizado la palabra, pero también han abierto la puerta a una avalancha de desinformación que afecta la credibilidad de la información, confunde a la ciudadanía y debilita la confianza social.

En en nuestro pais este fenómeno se manifiesta con claridad. Circulan a diario audios anónimos de WhatsApp que “revelan” supuestas crisis bancarias, rumores sobre medidas económicas inexistentes o falsas alertas de salud pública que generan pánico innecesario. En épocas electorales, abundan noticias manipuladas, encuestas inventadas y videos sacados de contexto con el único objetivo de influir emocionalmente en la población. Muchas veces, el daño ya está hecho cuando llega la aclaración oficial.

Uno de los principales problemas es la confusión entre información y opinión. En las redes, un comentario apasionado se presenta como hecho comprobado, y una suposición se disfraza de denuncia. Si un contenido coincide con lo que el lector ya piensa, se comparte sin verificar. Así, la verdad pierde terreno frente a lo que resulta más conveniente creer. En este ecosistema, la mentira no necesita ser creíble; solo necesita ser viral.

La velocidad agrava el problema. Antes, informarse requería tiempo y cierto esfuerzo. Hoy, un titular llamativo basta para formar opinión. Muchos comparten sin leer, reaccionan sin reflexionar y opinan sin contexto. De este modo, ciudadanos bien intencionados se convierten en multiplicadores de información falsa. No es mala fe; es prisa. Pero la prisa, como sabemos, no es buena consejera de la verdad.

Las consecuencias son profundas. La desinformación afecta la confianza en las instituciones, erosiona el debate público y genera una sensación de que “nadie dice la verdad”. Cuando esto ocurre, todo se relativiza: la información verificada se pone al mismo nivel que el rumor, y la mentira se normaliza. En temas sensibles como la seguridad ciudadana, la migración, la economía o la salud, esta confusión puede tener efectos sociales graves.

¿Qué hacer frente a este escenario? No existe una solución única, pero sí varias acciones complementarias.

La primera es fortalecer la educación crítica. No basta con enseñar a usar tecnología; es imprescindible enseñar a pensar críticamente la información. Desde las escuelas y universidades, pero también desde los medios y la sociedad civil, debe promoverse la capacidad de identificar fuentes confiables, contrastar datos y desconfiar de mensajes alarmistas o excesivamente emocionales. Compartir información debería asumirse como un acto de responsabilidad ciudadana.

En segundo lugar, es necesario revalorizar el periodismo profesional. En el país existen medios y periodistas que trabajan con rigor, verifican datos y asumen la responsabilidad ética de informar. Apoyar ese periodismo, leer más allá de los titulares y exigir calidad informativa es parte de la solución. No todo lo que circula informa, y no todo el que publica es periodista.

También las plataformas digitales deben asumir su cuota de responsabilidad. Sin caer en censura, pueden mejorar los sistemas de verificación, advertir sobre contenidos falsos y reducir la difusión de información engañosa. Su impacto en la opinión pública es tan grande como su responsabilidad social.
Finalmente, está la responsabilidad individual. Cada dominicano con un celular es hoy un pequeño medio de comunicación. Antes de compartir una noticia, conviene preguntarse: ¿sé de dónde viene?, ¿está confirmada?, ¿aporta información útil o solo provoca miedo e ira? Si la respuesta no es clara, lo más prudente es no compartir.

Defender la verdad en tiempos digitales requiere atención, paciencia y compromiso. No es tarea fácil, pero es indispensable. Una sociedad que no distingue entre lo verdadero y lo falso termina decidiendo a ciegas. Y cuando eso ocurre, la democracia, la convivencia y el sentido común pagan un precio muy alto.

Redacción El Ocoeño

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