Por Miguel Castillo Pimentel
Durante mucho tiempo, las crisis internacionales parecían asuntos lejanos y que solo despertaban el interés de los ciudadanos de dichos países que estaban envueltos en el conflicto. Hoy la realidad es otra: la globalización ha tejido una red estrecha de interdependencia, cooperación y comercio entre la mayoría de las naciones del mundo, causando asi un planeta más conectado, con cada vez menos barreras y con un comercio de gran actividad que suple las necesidades que tal o cual país pueda tener.
Pero, como todo en la vida, nada es completamente bueno… en este nuevo escenario que vivimos, no importa que tan lejano sea un impacto, las repercusiones retumban en las realidades de todas las sociedades causando, en su mayoría, resultados negativos en países que no tienen ni la más mínima participación en el problema tejido allí, es como que si una gripe mala que ataca alguna potencia mundial se transforma en pequeños resfriados que atacan de manera simultánea todos los rincones del mundo.
Basta con mirar con detenimiento el panorama global para darse cuenta como tensiones en puntos estratégicos del planeta impactan de manera directa la calidad de vida de millones de personas que no guardan ningún tipo de relación con el conflicto. La República Dominicana no es la excepción a esa realidad, los dominicanos más de una vez han vivido en carne propia consecuencias de guerras que como país no hemos tocado ningún “pito” allí, lo que se ha traducido en carestía en alimentos, combustibles, electricidad y en una incertidumbre económica que tanto afecta la inversión pública y privada que debe desarrollarse en una sociedad con miras a seguir creciendo y seguir provocando movilidad social entre sus ciudadanos.
En el contexto de hoy, la guerra protagonizada por Irán, Estados Unidos e Israel ha dejado fuera de circulación una de las principales arterias del comercio energético mundial (El Estrecho de Ormuz), un punto cuya importancia trasciende fronteras y se convierte en eje fundamental para el equilibrio económico global, equilibrio que se ha ido desvaneciendo y que ha provocado que gran parte del mundo pierda el optimismo que en principio tenía sobre el año en curso, incurriendo así en reajustes presupuestarios y financiamiento internacional, todo esto para amortiguar el alza de los precios que está trayendo como consecuencia esta guerra.
Los ciudadanos del mundo identifican el encarecimiento del petróleo como consecuencia más inmediata y normal que esta guerra pueda provocar. Sin embargo, el ciudadano de “a pie” subestima la grandeza del problema y los efectos que esto pueda causar en la subida del transporte, alimentos, servicios básicos y bienes de consumo en general. Es decir, el conflicto que se desarrolla a más de 11 mil kilómetros de la República Dominicana termina reflejándose en el bolsillo del ciudadano común, erosionando su poder adquisitivo, frustrando su deseo de mejoría y entristeciendo “la mesa de los dominicanos”.
Lo que es una verdad poco dicha es que en el mundo actual la soberanía económica es cada vez menos posible y el bienestar de los ciudadanos de cualquier país depende en gran parte de factores externos. Las decisiones que se toman en los más altos centros de poder del mundo tienen la capacidad de conducir para bien o para mal el destino de naciones enteras.
Ante esta realidad, la República Dominicana no puede estar de espaldas a los nuevos tiempos que esta guerra provocará en todo el mundo. Como país debemos hacer los esfuerzos necesarios para que los ciudadanos que menos pueden no sean los más sacrificados por estas condiciones. Por tales razones considero el momento idóneo para que la clase política nacional recobre un poco de la autoridad moral que ha venido perdiendo, no solo criticando medidas o exponiendo soluciones revestidas de demagogia y falsedad, sino que por primera vez en mucho tiempo la sociedad pueda ver un sacrificio real para que fondos como los 1,600 millones de pesos que serán asignados a los partidos políticos en este año (no electoral), puedan ser reasignados a hacer más llevadera esta etapa para los que menos pueden y así mandar el mensaje claro que a la política no todos van a enriquecerse, sino que sí podemos tener una clase política que se sacrifica por el pueblo que les ha dado el privilegio de conducir los destinos de la República Dominicana por los últimos 30 años.
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