Por Asdrovel Tejeda
En mi primera infancia (¡hace rato!), recuerdo la casita frente al camino donde, en las tardes, después de la escuela, la doña nos sacaba unas sillitas y nos sentaba frente al descampado por donde cruzaba, rumoroso, el río Nizao.
Al frente, un poco más arriba, vivían Nando Lavigne, compañero de enseñanza de la doña en la escuela, con su esposa Celeste, Arturo, Nancy y Soraya (Patricia nacería después en los E.U.). Casi justo al lado, el colmado de Chito Ortiz.
Por ese camino bajaban Ponán y María, con Donald y Magalys, y se detenían a conversar, a celebrar una amistad que supieron sostener en el tiempo. Recuerdo a Ángela y a Mery, Mayra, Chelo y Tomás, llegarían después, ya en el pueblo, tras aquel vuelco —bajando la loma— del primer vehículo de Ponán (¿o fue en el puente?). A Harris lo conocí después, por los lados de New Jersey, lejos de Nizao, pero no tanto como para no encontrarnos.
Esas tardes me entretenía mirando las garzas que, en bandadas, dibujaban arabescos sobre el río y los potreros. Fue contemplándolas que aprendí algo esencial: que la poesía no siempre se escribe; a veces pasa volando. Cada giro, cada graznido, era una forma pura de decir sin palabras.
Años después, la escena se repetía sobre el río Ocoa, por los lados del puente: cientos de garzas cruzando el cielo como si obedecieran a un orden secreto. Era un espectáculo generoso, sereno, suficiente. No hacía falta más para entender la grandeza de la naturaleza ni la bendición de haber nacido en una región así.
Y, sin embargo, un día dejaron de venir. Sin aviso. Sin despedida. Se fueron las garzas y con ellas se fue también una forma de mirar.
No fue casualidad.
La depredación de las montañas, la extracción indiscriminada de arena de los ríos, la basura arrojada a cañadas, cunetas y calles: todo eso fue cerrando el espacio donde antes cabía la vida. Lo que antes era cauce hoy es ruido; lo que era paisaje, ahora es escombro. Después nos sorprendemos cuando los ríos bajan con furia, cuando ceden los puentes, cuando la tierra cobra lo que le quitamos sin medida.
Nos equivocamos de riqueza.
Creímos que el progreso era cemento, que el bienestar era dinero acumulado, y olvidamos que lo único verdaderamente heredable es un país que respire. Un país con agua limpia, con montañas en pie, con cielos que todavía tengan algo que mostrar.
Por eso, cuando pienso en lo que fuimos y en lo que estamos dejando de ser, no me vienen cifras ni discursos. Me viene una imagen: el vuelo de las garzas sobre el río.
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