Por Luis González Fabra
Durante décadas, Silicon Valley se ha presentado como símbolo de la innovación, la creatividad y la libertad tecnológica. Desde modestos espacios donde nacieron algunas de las empresas más influyentes del planeta hasta las modernas computadoras donde trabajan miles de tecnicos, la narrativa dominante afirma que la tecnología haría a la humanidad más más informada y más conectada. Pero ha surgido una corriente crítica que advierte sobre un fenómeno inquietante: el posible avance de una forma de poder que algunos pensadores han denominado tecnofascismo y al que el Papa Leon XIV hizo alusion en uno de los discursos que pronució durante su reciente visita a España.
El término es polémico. Muchos lo consideran exagerado. Pero refleja una preocupación real: el creciente poder que han acumulado las grandes corporaciones tecnológicas sobre la vida cotidiana de miles de millones de personas.
Hoy, unas pocas empresas de Silicon Valley poseen una capacidad de influencia que ningún empresario del siglo pasado habría imaginado. A través de teléfonos inteligentes, motores de búsqueda, redes sociales, plataformas de comercio electrónico y sistemas de inteligencia artificial, estas compañías conocen dónde estamos, qué compramos, qué leemos, qué pensamos, con quién hablamos y hasta cuáles son nuestras preferencias políticas o religiosas.
La acumulación de semejante volumen de información ha creado una nueva forma de poder. Ya no se trata únicamente del control del dinero o de los medios tradicionales de comunicación. Se trata del control de los datos, que algunos expertos consideran el recurso más valioso del siglo XXI.
Los críticos del llamado tecnofascismo sostienen que el problema no radica en la tecnología misma, sino en la concentración de su control. Cuando unas pocas corporaciones pueden determinar qué información circula, qué contenidos son visibles y cuáles permanecen ocultos, surge una capacidad de influencia extraordinaria sobre la opinión pública.
El fenómeno se vuelve más complejo con el desarrollo acelerado de la inteligencia artificial. Los algoritmos ya no solo organizan información; también la producen. Pueden redactar textos, generar imágenes, crear videos y reproducir voces humanas con un grado de realismo cada vez mayor. La frontera entre realidad y simulación se vuelve más difusa, mientras aumenta el riesgo de manipulación.
A ello se suma la llamada economía de la atención. Las plataformas digitales compiten ferozmente por capturar el mayor tiempo posible de cada usuario. Para lograrlo utilizan algoritmos diseñados para estimular emociones intensas, fomentar la interacción constante y mantener a las personas conectadas. El resultado es una sociedad cada vez más dependiente de los dispositivos digitales y más vulnerable a la desinformación.
Pero sería injusto ignorar los enormes beneficios que estas tecnologías han aportado. Gracias a ellas millones de personas acceden a conocimientos antes inaccesibles, realizan transacciones instantáneas, reciben educación a distancia y mantienen comunicación permanente con familiares y amigos. La tecnología ha democratizado numerosas oportunidades y ha impulsado avances extraordinarios en medicina, ciencia y productividad.
Por eso el debate no debe centrarse en rechazar la innovación, sino en establecer límites éticos y democráticos a su utilización. La cuestión fundamental es política y moral. ¿Quién controla los datos? ¿Quién supervisa los algoritmos? ¿Quién garantiza que la inteligencia artificial sirva al ser humano y no al revés?
La preocupación por el tecnofascismo de Silicon Valley no es una condena a la ciencia ni al progreso. Es una advertencia sobre los peligros que surgen cuando el poder tecnológico crece más rápido que los mecanismos democráticos destinados a supervisarlo.
La historia demuestra que todo poder sin contrapesos tiende a expandirse. Ocurrió con los imperios, con los monopolios económicos y con los regímenes autoritarios. La pregunta es si las democracias serán capaces de regular el inmenso poder de las plataformas digitales antes de que estas terminen regulando la vida de las democracias. Cuando la tecnología deja de ser una herramienta al servicio de las personas y comienza a moldear su conducta sin que estas lo adviertan, la libertad podria convertirse en una simple ilusión digital.
A ritmo de música fueron sepultados esta tarde en el cementerio del municipio de Rancho…
La Academia Banreservas realizó el ciclo de conferencias “Liderazgo a tres tiempos: un banquete de…
El director general de la Unidad Antifraude de la Contraloría General de la República, ocoeño Leónidas…
La Dirección General de Investigaciones Criminales (Dicrim), de la Policía Nacional en Ocoa, informó que…
En días pasados tuve la oportunidad de conocer el emprendimiento del amigo y comunicador Harris…
El Banco de Reservas cerró Expohogar 2026 con RD$11,247.3 millones en financiamientos aprobados, correspondientes a…