Opiniones

El desafío de las instituciones

Por Luis Gonzalez Fabra

No se puede negar, y hacerlo sería una necedad, que nuestra  democracia  ha contribuido a llevar al país a una condición de estabilidad política, económica y social que contrasta favorablemente con la realidad de muchas naciones de América Latina. Algunas de ellas, incluso, han sido mucho más favorecidas por la naturaleza, con abundantes recursos  que nosotros no poseemos.

Hemos tenido que construir buena parte de nuestro progreso con otros recursos: trabajo, estabilidad, apertura económica, capacidad de adaptación y, no pocas veces, perseverancia frente a circunstancias adversas.

Nuestra economía, otrora sustentada fundamentalmente en el café, el cacao, el tabaco y el azúcar —por lo que algunos la calificaron despectivamente como una “economía de postre”— experimentó una profunda transformación. Hoy disponemos de una estructura productiva mucho más diversificada, en la que participan el turismo, las zonas francas, la construcción, los servicios, las telecomunicaciones, la industria y una agricultura que ha incorporado nuevas tecnologías y productos de exportación.

El país exporta desde frutas y vegetales hacia mercados exigentes hasta dispositivos y componentes utilizados por la industria médica internacional. Aquella economía dependiente de unos cuantos productos tradicionales pertenece definitivamente al pasado.

También hemos avanzado en aspectos sociales importantes. La pobreza monetaria ha descendido considerablemente durante las últimas décadas y el hambre ha disminuido, aunque todavía persisten sectores vulnerables que no reciben en igual proporción los beneficios del crecimiento económico.

Son logros de los cuales los dominicanos debemos sentirnos satisfechos. Pero el orgullo por lo alcanzado no debe impedirnos mirar aquello que todavía funciona mal.

Porque una cosa es crecer y otra, más compleja, es desarrollarse.

El crecimiento puede medirse en producción, exportaciones, inversiones, empleos o aumento del producto interno bruto. El desarrollo, en cambio, se mide también por la calidad de la educación que recibe un niño, la atención que encuentra un enfermo en un hospital, la seguridad con que un ciudadano camina por las calles y la confianza que siente cuando acude ante un tribunal en busca de justicia.

Ahí aparece nuestro gran desafío.

El economista e historiador Eduardo García Michel escribió recientemente en su columna de este periódico que “el inadecuado funcionamiento de las instituciones es la causa eficiente de la mayor parte de los problemas que dificultan que el desarrollo avance en forma sostenida, junto al crecimiento económico”.

Es una afirmación que toca el corazón del problema dominicano.

Tenemos instituciones que han avanzado, pero otras continúan arrastrando deficiencias acumuladas durante décadas. Educación, salud, seguridad vial, seguridad ciudadana, justicia, orden público, inmigración y administración pública presentan debilidades que terminan afectando la vida cotidiana y, sobre todo, la confianza de los ciudadanos en el Estado.

Y cuando las instituciones son débiles, las consecuencias van mucho más allá de una oficina que funciona mal. Una escuela deficiente reproduce desigualdad; una justicia lenta genera impunidad; un tránsito sin autoridad produce muertos; una política migratoria desorganizada crea conflictos; y una administración pública incapaz de hacer cumplir las normas termina convirtiendo la ley en una simple recomendación.

Por eso el próximo gran salto del pais quizás no dependa exclusivamente de cuánto crezca la economía, cuántos turistas recibamos o cuántos millones de dólares exportemos.

Dependerá de la capacidad de transformar crecimiento en bienestar, y bienestar en oportunidades para todos.

Hemos demostrado que podemos producir riqueza y mantener estabilidad. Ahora debemos demostrar que somos capaces de construir instituciones suficientemente fuertes para proteger ambas.

Los países no pierden necesariamente lo conquistado cuando dejan de crecer.  Comienzan a perderlo cuando sus instituciones dejan de funcionar.

La República Dominicana ya aprendió a crecer. El gran desafío   es aprender a convertir ese crecimiento en desarrollo, ese desarrollo en equidad y esa equidad en instituciones capaces de sobrevivir a los gobiernos y servir, por igual, a todos los ciudadanos. Solo entonces podremos decir que el progreso dejó de ser una buena etapa de nuestra historia para convertirse definitivamente en nuestro destino.

Redacción El Ocoeño

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