Opiniones

Las huellas de mi padre: Pascual Estrella

Por Julie Estrella

Me han contado y he leído tantas cosas sobre mi padre que pensé que sería fácil escribir sobre su vida. Y no es que me falten palabras ni historias; es que no es lo mismo hablar de alguien por su trayectoria que hacerlo sabiendo que ese alguien forma parte de ti.

Escribir sobre él despierta en mí una mezcla de sentimientos. Pienso en su vida y en el legado que dejó desde la mirada de una hija que lo perdió cuando apenas tenía tres años y que, por la corta edad que tenía entonces, no conserva recuerdos propios de él.

Cuando pierdes a un padre siendo tan niña, creces escuchando frases como: «Tu papá está en el cielo». Durante mucho tiempo imaginé el cielo como un lugar hermoso, pero muy lejano. Con los años, sin embargo, fui comprendiendo que, de alguna manera, mi padre estaba mucho más cerca de lo que pensaba.

Sus huellas estaban esparcidas por todo un pueblo: en las personas que lo conocieron, en las historias que todavía se cuentan sobre él y en las obras en las que participó. En San José de Ocoa fui encontrando, poco a poco, las señales de una vida dedicada al servicio de los demás.

Mi padre, Pascual Estrella Ovalles, nació en Juan López, Moca, el 12 de diciembre de 1946. Desde muy joven, la fe ocupó un lugar importante en su vida y, durante un tiempo, todo parecía indicar que el sacerdocio sería su camino.

Parte de su formación religiosa transcurrió en Jarabacoa y, posteriormente, continuó sus estudios en Aibonito, Puerto Rico. Nuestra familia conserva historias de su participación activa en la vida religiosa durante aquellos años.

Con el tiempo, aquella vocación de servicio encontraría nuevos caminos: las aulas, las comunidades y los proyectos sociales.

Fue también un hombre inquieto por aprender y poseedor de múltiples talentos. Estudió varios idiomas, entre ellos el latín. Cantaba, tocaba distintos instrumentos musicales y cultivaba, además, la fotografía y la pintura.

Visitó por primera vez San José de Ocoa en 1966 y regresó en 1968, motivado por su hermano Alberto Estrella. Allí se integró al trabajo comunitario junto al padre Luis Quinn. Aquel lugar al que llegó con el propósito de servir terminó convirtiéndose en su hogar.

La música también formó parte de esa entrega. Junto a su hermano Alberto, participó en la formación del grupo Estrellas para un Mundo Mejor, cuyas presentaciones permitían recaudar fondos destinados a obras comunitarias, entre ellas el canal de riego de El Rincón del Pino. Asimismo, se le reconoce como el descubridor de la maraca y el merengue ocoeño.

En la educación encontró otro espacio desde el cual servir. Fue director del Centro Educativo Padre Arturo y coordinador académico de la extensión de la Universidad O&M en Ocoa.

En la Asociación para el Desarrollo de San José de Ocoa (ADESJO), dirigió el Departamento de Educación y, posteriormente, ocupó la vicepresidencia. También colaboró en proyectos de capacitación técnica, protección del medioambiente y desarrollo comunitario.

Su voz también llegó a la radio. Desde el programa «Hablando al Agricultor», compartía orientación con las personas del campo. Fue, además, locutor y maestro de ceremonias.

Me emociona descubrir que, para él, enseñar no se limitaba a un aula: también podía hacerlo frente a un micrófono, en una comunidad o, sencillamente, compartiendo sus conocimientos con quien los necesitara.

Su trayectoria incluyó también la participación política. Fue uno de los fundadores del Partido de la Liberación Dominicana en San José de Ocoa, desempeñó la Secretaría General de esa organización en la comunidad y fue candidato a síndico. Mantuvo, además, una relación cercana con el profesor Juan Bosch.

Sin embargo, he aprendido que para conocer verdaderamente a una persona no siempre basta con enumerar sus cargos, sus logros o las posiciones que ocupó.

A veces, una pequeña historia puede revelar mucho más sobre su esencia. Hace poco me contaron una anécdota que me permitió descubrir otra faceta de mi padre.

Grupos de católicos canadienses viajaban a San José de Ocoa para colaborar con las comunidades y enviaban donaciones de ropa, alimentos y otros artículos. En ocasiones, entre aquellas donaciones llegaban zapatos sin su pareja: uno de un modelo y otro completamente diferente.

Mi padre encontró la manera de darles utilidad.

Cuando acompañaba a los visitantes canadienses, se ponía dos zapatos de pares distintos. De esa manera podían reconocerlo fácilmente y saber a quién seguir durante el camino hacia la iglesia.

Cuando escuché aquella historia, imaginé la escena y sonreí. Esos zapatos, aparentemente dispares, decían mucho de él: hablaban de su sencillez, de su ingenio y de esa capacidad especial para encontrar valor y utilidad en aquello que otros podían considerar inservible.

Mi hermano me contó también que, en una ocasión, nuestro padre le enseñó a mirar los problemas de una manera diferente: a no dejarse abrumar por su tamaño, sino a buscar la forma de hacerlos más pequeños y, así, poder enfrentarlos.

Historias como esas son las que, con los años y todavía hoy, me permiten seguir encontrando pedacitos de mi padre en otras personas.

Alguien se acerca y me dice: «Tu papá me dio clases». Mi padrino recuerda que mi padre lo llamaba y le hablaba en inglés para motivarlo a aprender el idioma.

Otros me cuentan que los animó a estudiar, a emprender y a prepararse, porque creía profundamente en el poder de la educación para transformar vidas.

Yo no tuve la oportunidad de acumular esos recuerdos junto a él. No pude guardar en mi memoria sus conversaciones, sus consejos, su voz o esos pequeños momentos cotidianos que una hija atesora con su padre.

Sin embargo, de una manera que jamás habría imaginado, otras personas guardaron esos recuerdos por mí.

Y con el paso de los años me los han ido devolviendo en forma de historias.

Cada una de ellas me permite descubrir un poco más al hombre que fue y acercarme, de alguna manera, al padre que no tuve tiempo de conocer. Y cada vez comprendo mejor que existen personas cuya vida no puede medirse únicamente por los años que estuvieron aquí, sino por todo aquello que sembraron mientras estuvieron.

En 2026, un aula del Colegio Parroquial Nuestra Señora de la Altagracia fue designada con su nombre, en reconocimiento a su trayectoria como educador y propulsor del desarrollo de Ocoa.

No puedo evitar pensar en lo profundamente simbólico que resulta ese homenaje: un hombre que dedicó parte de su vida a enseñar continúa teniendo su nombre en un lugar donde otros siguen aprendiendo. De alguna manera, su vocación permanece allí, acompañando nuevas generaciones.

Hoy comprendo que aquella niña a la que le decían que su papá estaba en el cielo todavía no sabía cuántas maneras había encontrado él de quedarse.

Se quedó en Ocoa.

Se quedó en las personas a las que enseñó, en aquellos a quienes ayudó, en las vidas que tocó y en las historias que, poco a poco, fueron encontrando el camino hasta llegar a mí.

Se quedó en cada recuerdo que otros conservaron y que, generosamente, han compartido conmigo.

Y aunque yo era demasiado pequeña para recordarlo, con los años he comprendido algo aún más hermoso:

Mi padre también se quedó en mí.

Redacción El Ocoeño

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