Más allá de la edad: ¿por qué el liderazgo exige preparación y cordura?

Por Kelvin Arias Melo
El debate sobre la renovación en la política y en las distintas esferas de la vida pública suele centrarse, de manera casi obsesiva, en el factor generacional. Se repite con insistencia que es el turno de la juventud, que los espacios deben abrirse por el simple hecho de dar paso a nuevas caras. Sin embargo, en el ejercicio del poder y de la representación ciudadana, los atajos no existen.
La juventud, por muy vital y necesaria que sea para oxigenar las estructuras tradicionales, no puede ni debe convertirse en un salvoconducto automático para ocupar posiciones de alta responsabilidad.
Pensar bien quiénes van a ocupar los liderazgos políticos no es un capricho; es una necesidad democrática. El relevo generacional es indispensable, pero este debe venir indisolublemente acompañado de preparación, sensatez y cordura. Asumir que la edad cronológica garantiza por sí misma un mejor desempeño o una mayor ética en la gestión es una falacia tan peligrosa como el inmovilismo de los dinosaurios de la política. El simple hecho de ser joven no otorga, por arte de magia, capacidad de gestión, visión de Estado ni templanza ante las crisis.
Los acontecimientos recientes en el escenario político de nuestros partidos son la prueba más fehaciente de esta realidad. En los últimos días hemos sido testigos de episodios protagonizados por personas que, habiendo alcanzado posiciones preponderantes dentro de algunas organizaciones, han exhibido una alarmante incapacidad de raciocinio y una profunda falta de madurez política. Lejos de representar una bocanada de aire fresco o un avance hacia formas superiores de hacer política, sus actuaciones han reflejado la peor cara del oportunismo: improvisación, reacciones viscerales y un total desapego por la responsabilidad pública que ostentan.
Cuando se confunden los espacios de poder con plataformas de protagonismo vacuo, los partidos y las instituciones sufren un desgaste irreparable. La política no es un juego de ensayo y error para inexpertos que desoyen el peso de la historia y la complejidad de los problemas sociales. Requiere estudio, comprensión de la realidad, capacidad de diálogo y, sobre todo, la madurez necesaria para entender que el interés colectivo está por encima de los apetitos personales o grupales.
Abrir las puertas a las nuevas generaciones es imperativo, pero la exigencia debe ser proporcional al reto. No se trata de excluir a nadie por su juventud, sino de exigir que esa juventud venga respaldada por la formación técnica e intelectual, y temperada por la prudencia. La política necesita menos eslóganes generacionales y más líderes íntegros y preparados, capaces de estar a la altura de las demandas de una sociedad que ya no está dispuesta a tolerar la improvisación, venga de quien venga.



