Por Luis González Fabra
Alfredo Rubio de Castarlenas fue un sacerdote, filosofo, educador y poeta, nacido en Barcelona en 1919 y fallecido en el 1996.Concibiò y promovió el “realismo existencial”, recogida en el libro 22 historias clínicas -progresivas de realismo existencial. (198), considerada como una teodicea (estudio de Dios más allá de la religión. La justificación racional de Dios) a partir de la razón humana.
Tuve la dicha de conocer a ese gran hombre durante los viajes que realizó a nuestro país, en uno de ellos promocionando la Carta de la Paz, que èl escribió, enviada a Naciones Unidas por un conjunto de países y millones de firmas recogidas en apoyo ese texto de promoción a la paz mundial.
Con Alfredo conocí la humildad óntica, un concepto filosófico que nos invita a reconocer nuestra posición finita y contingente en el vasto cosmo. Contrasta de manera radical con la arrogancia que caracteriza a nuestra sociedad liquida, una cultura del descarte donde los valores se han vuelto maleables y la vida se consume de manera superficial.
La humidad óntica no es una invitación a la debilidad o la abnegación, sino un acto de honestidad intelectual y existencial. Es el reconocimiento de que no somos el centro del universo, de que nuestra existencia está intrínsicamente ligada a un contexto mayor, a una red de relaciones, historias y verdades que nos preceden y nos trascienden. Esta conciencia nos permite valorar la experiencia de los otros, la sabiduría de las tradiciones y la fragilidad del ecosistema que nos sustenta.
Vivimos llenos de arrogancia. La encontramos en el funcionario. En el agente policial. Él policía de tránsito. El motorista que no repara en nada. El que no quiere hacer fila para la obtención de un servicio. El obispo olvida que es sobre todo, pastor. Y miles de ejemplos más. Es el estilo de vida light que domina hoy en día sustentándose en la negación de finitud. Promueve un yo omnipotente, que puede lograrlo todo sin esfuerzo. En esta realidad el compromiso se evita, la profundidad es una carga, y los valores como la empatía, la lealtad o la justicia, se relativizan hasta perder su significado. Sé prefiere la conveniencia a la convicción, el placer efímero a la felicidad duradera.
Este desprecio por los valores y la ética no es un fenómeno aislado, es la consecuencia directa de una sociedad que ha perdido su anclaje. Olvidamos que los valores son el andamiaje que sostiene la convivencia, los principios que nos permiten construir puentes en lugar de muros.
El desafío de la humildad óntica, como lo predicaba Alfredo Rubio, no es la sumisión sino la responsabilidad. Es el compromiso de ser guardianes de los valores que nos dan forma, no porque nos sean impuestos, sino poque los hemos entendido como el cimiento de una vida más plena y significativa. Es la fuerza para resistir la tentación de una vida superficial y la valentía para defender aquello que consideramos correcto.
En una época de cambios vertiginosos, la humildad óntica nos llama a detenernos y reflexionar sobre nuestra verdadera naturaleza. Nos insta a recuperar el sentido de lo sagrado en lo cotidiano, a valorar las pequeñas cosas y a reconstruir los lazos comunitarios que hemos roto.
Es un recordatorio de que para construir un futuro más solido debemos comenzar por reconocer la tierra que pisamos y el cielo que nos cubre, aceptando nuestra humilde y al mismo tiempo poderosa posición en esquema de la vida. Hay que reconstruir los valores de nuestra sociedad que implica, primero, redescubrir la humildad de nuestro ser.
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