Por Luis González Fabra
En su presentación semanal ante la prensa el presidente Abinader hizo alusión a un personaje que suele aparecer cada cierto tiempo en nuestra vida política, es una figura recurrente que emerge como el estruendo de un eco persistente: el profeta de catástrofes.
Este personaje, a menudo con una convicción inquebrantable, pinta un cuadro sombrío de la realidad nacional, para él, cada noticia, cada información, es un presagio de desgracia. Sus afirmaciones resuenan en tertulias de colmadones, redes sociales, plataformas de comentarista y conversaciones casuales: “la economía está en eñ suelo”, “el pollo no hay quien lo compre de caro”, “la comida esta por las nubes”, “los hospitales están colapsados”, “las escuelas están destruidas”. Y lo curioso es que, incluso cuando las cifras oficiales y los informes de organismos internacionales, como el Banco Mundial, la Organización Mundial de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, muestran tendencias positivas y un escenario de estabilidad, su narrativa no se debilita, sino que se torna más audaz y agresiva.
Este es un fenómeno que tiene raíces y una de ellas es la brecha entre la percepción y la realidad estadística. Aun cuando los macro indicadores reflejen un crecimiento económico o la reducción de la pobreza, la experiencia individual de la ciudadanía puede no coincidir. La Inflación, por ejemplo, aunque controlada en términos generales, puede sentirse en el bolsillo de una familia al comprar los productos básicos para su alimentación. De igual manera, un aumento en la calidad de los servicios de salud a nivel nacional no anula la frustración de un ciudadano que necesita atención y espera horas en la emergencia de un hospital público. Esta discrepancia crea un terreno fértil para el pesimismo que es aprovechado por el profeta de catástrofes que sabe y conoce que son situaciones donde las experiencias individuales, personales, eclipsan los datos fríos.
Los que ven catástrofes por todas partes se alimentan de la desinformación y de la difusión de noticias falsas. En el mundo digital que vivimos una afirmación sin fundamento se comparte a la velocidad del rayo, mientras que la corrección o la información verificada avanza a paso de tortuga. Esta dinámica crea un ciclo vicioso en el que el pesimismo se refuerza.
La falta de pensamiento crítico, el sensacionalismo de los titulares y la inclinación de los dominicanos para enfocarse en lo negativo juegan a favor de estos discursos. Es más fácil creer que “todo anda mal” que detenerse a analizar datos y las diferentes aristas de una situación.
En un país como el nuestro dónde los partidos políticos no invierte ni dinero ni tiempo en educar a sus parciales en asuntos cívicos, sino que a tres años de unas elecciones se embarcan en definir candidatos para una contienda todavía lejana, mientras el país requiere de sus mejores hombres y mujeres para enfrentar dificultades propias del tiempo convulso que vivimos.
El gobierno actual, los que le precedieron y los que le sucedan tendrán que enfrentarse a estos profetas del desastre mientras no se ocupen de producir programas de educación financiera para que los ciudadanos entiendan y puedan interpretar los datos económicos y sociales.
Repito nueva vez, que el gobierno debe de instaurar un programa de educación cívica usando las frecuencias radiales y de televisivas que aportarían una hora de su programación, no continua, para destacar historias de éxito y las iniciativas positiva que están transformando comunidades así como enseñar las herramientas democráticas que permiten entender el sistema.
Los profetas de catástrofes quieren sumirnos en una desesperanza paralizante, busquemos el equilibrio reconociendo los problemas con honestidad, pero también celebremos los avances y participemos en la construcción de soluciones. El país no es un desastre, es una obra en progreso con sus imperfecciones y sus momentos de gloria. Seamos arquitectos de la esperanza, no profetas del desastre.
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