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Las similitudes entre las muertes de los ocoeños Gilbert Macea y José Gregorio Custodio luego de ser apresados

Milciades Mejía

Por Milcíades Mejía

Luego de la muerte de José Gregorio Custodio, detenido en el cuartel de la Policía Nacional, en San José de Ocoa, me ha motivado a publicar estas notas que tenía escritas sobre el asesinato de Gilberto Macea en el 1959, días después de su apresamiento.

 Ambos asesinatos se perpetraron en circunstancias parecidas en el destacamento de la uniformada en el Municipio de Ocoa, con la diferencia de que el cadáver de José Gregorio no pudieron desaparecerlo como hicieron con el del difunto Gilberto Macea.

Les cuento que con la llegada al país de los expedicionarios del 14 de junio de 1959 que aterrizaron en el aeropuerto militar de Constanza en un avión de la Fuerza Aérea Dominicana y su posterior internamiento en las escarpadas montañas que circundan a esta ciudad.

Este grupo, conocido como la Raza Inmortal, tenía como objetivo derrocar a la oprobiosa dictadura de Rafael Leónidas Trujillo Molina que gobernaba al país con mano de hierro, desde 1930.  

Las Fuerzas Armadas necesitaban de hombres confiables, en condiciones físicas apropiadas y conocedores tanto de la orografía como de los lugares de esta parte de la Cordillera Central para utilizarlos de guías para que las operaciones resultaran exitosas. Para conseguirlos, utilizaron la fuerza, practicaron varias redadas en Ocoa y escogieron a las personas que ellos consideraban adecuadas para los fines antes señalados. En las redadas lograron reclutar varias ocoeños, entre los que estaban Gilberto Macea, Marcial Minyetty y Plinio Sánchez.

El comandante que tenía a su cargo las operaciones en las montañas de la parte norte de Ocoa, a duras penas pudo conformar el grupo de “voluntarios” que acompañarían a los militares. Apertrechados de lo esencial para sobrevivir en los inhóspito y fríos pinares de la Cordillera Central, partieron hacia lo desconocido.  Caminaron por varias horas, hasta llegar al paraje Arroyo Bonito, lugar en que el señor Titico Pimentel tenía sus propiedades y este al ver que su amigo Plinio Sánchez era de los integrantes, le dijo al jefe de la patrulla: “si a Plinio lo llevan, yo voy también, y lo sumaron al grupo.

La comitiva prosiguió la larga y tediosa caminata por el angosto y serpenteante camino, uno tras otro, como si se tratara de una lúgubre procesión, rodeados por el mudo silencio de lo inesperado, el mutismo era profundo, roto de vez en cuando por el trino penetrante del jilguero o el canto suave de la piragua.

A mucho caminar, la patrulla alcanza las cercanías de La Horma, el comandante ordena una parada para un necesario descanso, todos sin excepción agotados por la dura faena, se tiran sobre las malezas que cubren las húmedas orillas del camino, estaban desprevenidos, recobrando las energías perdidas, cuando de repente se produjo un inesperado y lamentable incidente.

Es cuando Gilberto Macea de manera repentina la emprende a machetazos en contra  de sus compañeros del desafortunado viaje; en la acción, al sargento Reyes casi le cercenan una mano, a Marcial Minyetty le tiró a la cabeza, por fortuna la herida inferida fue leve, Plinio Sánchez rápidamente observa la gravedad de la situación, se levanta, sin pérdida de tiempo y como una forma de disuadirlo, le dispara a los pies de Gilberto, este se sorprende, desiste de continuar la peligrosa agresión y emprende la huida, sin poder ser detenido nuevamente por los militares. Se dice que si Plinio no toma rápidamente esa determinación pudo haber ocurrido una lamentable tragedia ese día.

El Sargento Reyes era uno de los militares que iba como custodia del grupo, le quedó  una mano con poca movilidad fruto de aquella herida, las personas de la generación de los años cincuenta lo recuerdan, él  se desempeñó, por un tiempo como portero de la Escuela Julia Molina, hoy Luisa Ozema Pellerano y era instructor de marchas marciales en dicha escuela.  

El Señor Plinio Sánchez era descendiente de una prestigiosa familia, fue quien acompañó al afamado botánico sueco Erik L. Ekman al Bejucal, en 1929 y se desempeñó por muchos años como jefe del cuerpo de Bomberos de Ocoa; Titico Pimentel fue otro distinguido munícipe, dos de sus hijos se destacaron como profesores ocoeños y uno de ellos locutor y deportista, su familia era muy apreciadas en la comunidad, y Marcial Minyetty era un ser humano de trato exquisito, convirtiéndose luego en un activo y respetado vigilante forestal, quien procreó también una querida familia en Ocoa.

Sobre Gilberto Macea no se conocen muchos datos, era oriundo de Sabana Larga y de acuerdo con las personas que lo conocían, lo describían como una persona pacífica, jocosa y hasta un poco folklórica, razón por la que nunca se entendió la violenta reacción. Pero había que entender la gravedad del momento, todos debían estar abrumados por la aprehensión y la incertidumbre que esa situación generaba. Es posible también, que en un momento como ese, Gilberto se sintiera agobiado, quizás pensando y cuestionándose en sus adentros, hacia dónde me llevan? ¿A perseguir a desconocidos que no me han causado daños? O a lo mejor, él también estaba de acuerdo con la justa causa de los expedicionarios…. y todo eso lo atormentaba y no quería continuar el viaje.

Días después, Gilberto fue apresado en el icónico valle de Rancho Arriba, donde busco refugio luego del incidente, posteriormente fue conducido al cuartel de la policía de Ocoa. En ese tiempo el destacamento policial era una casa de madera de estilo victoriano que estaba ubicada en la calle San José, frente del Parque Libertad, no en donde está en la actualidad.

Es triste decirlo, pero en tiempo de una dictadura los derechos humanos no son respetados, son conculcados con suma frecuencia, por la acción cometida, la suerte del detenido estaba echada, no le auguraban un buen final, era como la crónica de una muerte anunciada, y así ocurrió, a Gilberto lo torturaron cruelmente y posteriormente lo estrangularon.

Para no dejar rastros de este abominable crimen, en un acto propio de cavernícolas, sus verdugos subrepticiamente desaparecieron el cadáver, enterrándolo en una fosa clandestina excavada en recóndito lugar de la finca del señor Laito Rodríguez, en lo que es hoy el populoso sector de la Vigía del municipio de Ocoa, en aquel tiempo era una zona bosocsa.

Pero como cada hecho deja sus rastros y no hay nada oculto bajo el sol, de acuerdo con el rumor público, como responsable de ese crimen siempre se señaló a un militar que formó familia en Ocoa, quien al parecer, fruto del remordimiento, si es que lo tuvo, le laceraba el alma el crimen cometido contra una persona indefensa; terminó siendo un alcohólico consumado, en sus constantes borracheras se ufanaba al decir que él había estrangulado a Gilberto.

Lamentablemente, este hecho quedó envuelto en el manto oscuro de la dictadura, por este asesinato nunca se detuvo a nadie ni hubo investigación ni juicio, tampoco nadie pagó las consecuencias, permaneció impune igual que muchos de los crímenes que se cometieron en aquellos tenebrosos tiempos. Los reclamos fueron enmudecidos mediante la represión y el terror imperante en la época; aunque el repudio y la sed de justicia se mantuvieron latentes en el alma y el sentimiento de la valerosa juventud ocoeña de esos turbulentos años que se vivieron en San José de Ocoa.

Pero como nada es eterno en la vida, con el ajusticiamiento del tirano se produjo en todo el país un fuerte movimiento, a modo de una tromba marina, que destruyó y borró todos los símbolos de la dictadura. Como por arte magia, las estatuas, bustos y letreros fueron demolidos, los nombres de calles, pueblos y plazas alusivos a la familia Trujillo se sustituyeron por el de patriotas, intelectuales y personas distinguidas de la sociedad dominicana.

Al igual que en todo el país, en Ocoa se produjeron acciones similares, los jóvenes Nestico Freites, Leonel Castillo, Cesar Castillo, Plutarco Sención, Blanco Castillo, Ramón Duverge (Mon), José Miguel Mascaró, integrantes del Movimiento Revolucionario 14 de Junio, se dedicaron a borrar las huellas de la dictadura en este municipio. También, a exhumar los restos de algunas de las personas que fueron asesinadas y/o que fueron desaparecidas por sus ideas anti trujillistas, muchas de las cuales fueron sepultadas en lugares desconocidos. Una de estas desafortunadas personas fue Gilberto Macea.

En los primeros días del mes de enero de 1962, estas personas habían excavado en distintos lugares de la propiedad de Laito Rodríguez tratando de localizar la tumba de Gilberto y buscaban allí porque siempre se dijo que en esos terrenos habían sepultados algunos cadáveres. Hasta ese momento los esfuerzos habían sido infructuosos. Es cuando Lión, el hijo de Viejo Plasencia, se entera de que están buscando una tumba en la cerca de Laito, se puso en contacto con el grupo y le aseguró que él sabía dónde estaba esa sepultura y acordaron continuar la búsqueda el siguiente día.

Eran las 5 de la tarde del  6 o el 7 de enero de 1962, cuando Lión los condujo a un oculto lugar de la referida finca y debajo de un frondoso árbol de guácima, les dijo: “Busquen ahí, que en este lugar fue que yo vi el hoyo abierto, ahí debe estar el cadáver del difunto”.

Al comenzar a excavar, ocurrió un hecho inesperado, como si el espíritu de Gilberto se revelara, se produjo un fuerte temblor de tierra que provocó la huida despavorida de la mayoría de los curiosos, por el momento se alteró la solemnidad y el silencio reinante en el lugar fue roto por el tropel. Podrán ustedes imaginarse el susto colectivo producido así como las múltiples conjeturas y variadas especulaciones que se tejieron en toda la población acerca de este acontecimiento. El movimiento telúrico no fue más que una réplica del fuerte temblor que se había producido en la región sur de nuestro país el 5 de enero de 1962, y en Ocoa este evento que provocó daños considerables a las pocas edificaciones de concreto que existían en nuestro municipio.

Disipado el gran susto, los hombres con picos y palas, con la presencia del fiscal, un hermano del difunto y numerosos curiosos que volvieron al lugar, continuaron la excavación y a poca profundidad, efectivamente allí encontraron la osamenta. Ya tenía dos años y siete meses de sepultado, fue identificada fácilmente por su hermano Yoyo Macea, quién lo reconoció por la correa de cuero que él le había regalado unos meses antes del asesinato y que se conservaba casi intacta, El cadáver fue exhumado y llevado a Sabana Larga donde residían sus familiares, dándoles cristiana sepultura.

Muchas personas se preguntaban ¿Por qué Lión Plasencia conocía ese lugar con tanta exactitud, ese detalle causaban ciertas suspicacias en muchas personas de la población. La razón es que un día Lion buscaba unos animales en esa cerca y por coincidencia cuando pasó por el lugar observó que había un hoyo largo abierto y después del asesinato de Gilberto, por curiosidad, Lión volvió al sitio, encontrando que la fosa estaba tapada con tierra fresca. Eso le causó sospecha pero por temor a represalias, nunca se refirió al tema, ni con su familia. Lo he escrito como me lo contaron familiares de los actores que todavía viven y me pidieron reservas de sus nombres.

Me ha motivado publicar este relato las muertes causadas por las golpizas propinadas a José Gregorio Custodio en el destacamento de la policía en Ocoa a Richard Báez (el Peluquero), en el destacamento de Cienfuegos, en Santiago y la de David de los Santos en cuartel del Ensanche Naco, crímenes ocurridos en circunstancias muy similares a la de Gilberto Macea, que lo mataron hace 63 años durante la dictadura de Trujillo, en circunstancias muy parecidas. Pensábamos que hechos como estos eran prácticas del pasado, pero lamentablemente se siguen empleando los mismos métodos propios de una dictadura.

Redacción El Ocoeño

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