Efecto Dominó: teoría del caos

“El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”
Por Asdrovel Tejeda
En días pasados leí a un enjundioso comunicador, en relación a unas multas de tránsito impuestas a un ciudadano humilde:
“Es un pobre infeliz. Tiene un motorcito al que las gomas se le caen. Anda sin casco porque no tiene para comprarlo”.
Hay que darle un chance a todos esos infelices.
Al cuestionarlo, fue —como casi todos— al saco de las excusas y el ditirambo:
“Que si abusan, que ponen tickets porque tienen que justificar, que no respetan a los padres de familia”, y el largo etcétera de la doble moral en patineta.
¡Incluso, subliminalmente, pidiendo dos leyes paralelas: la de los “pobres padres de familia” y la de los pendejos que cumplen la ley!
En un Estado donde la corrupción es normal y los chanchullos son sistema, no albergo duda alguna de que en la dirección y métodos de la Amet se cuecen habas. ¿Pero la solución es el ablandamiento?
¿En un país donde el 70% u 80% de los accidentes son causados por motoristas? En Ocoa ya van varios muertos.
¿Donde muchos se apandillan, vandalizan, agreden y hasta matan?
¿Donde el instrumento por excelencia para cometer asaltos, asesinatos, trasiego de drogas y otras menudencias son los motores?
Los que se apandillan para agredir y asaltar; desde el:
—¡Grábenlo, grábenlo!—
hasta el clásico:
—¡Ladrones! ¡Abusadores! ¡Dame a mí si eres hombre!—
Son, generalmente, los mismos cofrades abrazados a los jóvenes de las esquinas, a los “hace cuentos” y a la misma grasa social que pulula en la frontera de la intolerancia y el agravio.
Son los mismos de la bulla, de los “na’ e na’”, favoritos de políticos que, como ellos, pululan en ministerios, Congreso y en el largo sistema que han tomado por asalto, con el beneplácito de sus asociados y el silencio de los pendejos que cumplen la ley y todavía aspiran a un país desarrollado y con orden.
Ninguna nación podrá superarse ni avanzar en un estado de caos permanente y desconocimiento básico de la ley, de sus deberes y de sus derechos.
Por el contrario, la disolución de una sociedad comienza cuando el “me importa a mí” sustituye el sentido colectivo; cuando se entiende que las leyes son para el otro y que la chercha y la componenda son el camino que, más temprano que tarde, nos igualará al ideal de su país utópico: Haití.
Porque las sociedades no se derrumban de golpe. Comienzan justificando pequeñas violaciones, pequeños abusos, pequeñas trampas y pequeñas complacencias, hasta que el caos deja de ser excepción y termina convertido en cultura.
¿Quién fue que dijo:
“No es el grito y la bulla de los malos… es el silencio de los buenos”?
Y agrego yo: y su complacencia.
Se los dejo de tarea.
… Hablamo’ ahorita.



