Opiniones

En los días de mi adolescencia y juventud: a propósito de “Moreno”

Por Efraín Arias Valdez

En los días de mi adolescencia y juventud, tuve la fortuna de conocer a Moreno. Muchos seguimos llamándolo así, con el afecto y la naturalidad que solo sobreviven entre los amigos de verdad, aunque su nombre sea Juan Villar.

Desde entonces se distinguía por ser un joven responsable, de espíritu crítico, disciplinado y firme en sus propósitos. Había en él una madurez poco común: asumía responsabilidades que parecían superiores a las que correspondían a nuestra edad y afrontaba los compromisos con una seriedad que inspiraba confianza.

Eran años intensos. Transcurría una etapa central de los llamados Doce Años del doctor Joaquín Balaguer, período comprendido entre 1966 y 1978. En el país convivían la modernización material, las grandes obras públicas y una vida política marcada por la vigilancia, la intolerancia y el temor. Para una parte importante de la juventud dominicana, participar en actividades estudiantiles, reclamar libertades públicas o expresar simpatías por ideas contrarias al oficialismo podía significar persecución, prisión y, en los casos más dolorosos, la pérdida de la vida.

La juventud de entonces encontró sus propios espacios para pensar, organizarse y soñar. Los clubes culturales y deportivos, los frentes estudiantiles, los círculos de estudio y las organizaciones de masas fueron mucho más que lugares de reunión: funcionaron como verdaderas escuelas de ciudadanía. Allí se practicaban deportes, se organizaban jornadas comunitarias y se cultivaban la literatura, el teatro, la música, la poesía coreada y la canción social. La palabra no era un simple adorno. En medio de tantas restricciones, la palabra era una forma de respirar, de denunciar y de mantener viva la esperanza.

Para un joven poeta como yo, aquella atmósfera tenía una fuerza especial. La poesía no permanecía encerrada en los libros ni se limitaba a cantar al amor o a la belleza; también acompañaba las aspiraciones colectivas, daba voz a las inconformidades y ayudaba a nombrar aquello que muchos preferían callar. Leíamos, discutíamos, aprendíamos unos de otros y, con los aciertos y las impaciencias propios de la edad, sentíamos que la juventud tenía el deber de participar en la construcción de un país más justo.

El Liceo Secundario Francisco Gregorio Billini, en Baní, no era ajeno a aquella efervescencia. En sus aulas y alrededores convivían frentes estudiantiles de distintas orientaciones, y muchos jóvenes participábamos también, fuera de la escuela, en organizaciones políticas y comunitarias afines a nuestras ideas. Moreno y yo coincidíamos en esos espacios, en las movilizaciones estudiantiles y en los compromisos que asumíamos con una mezcla de entusiasmo, disciplina y valentía. No se trataba de una militancia superficial ni de una moda juvenil: era una forma de entender la responsabilidad frente al tiempo histórico que nos había correspondido vivir.

Una parte entrañable de esos recuerdos está ligada a la casa de Moreno, ubicada entonces en el sector conocido como Barrio Los Cartones, hoy Barrio 19 de marzo. Allí convergíamos para conversar, intercambiar ideas y organizar algunas de nuestras actividades. Todo ocurría bajo la mirada vigilante y protectora de su madre, doña Juanita, una auténtica “mamá gallina” que cuidaba a sus pollitos: a Moreno, a sus hermanas (también sensibles a las inquietudes de la época) y a nosotros, los amigos que llegábamos a su hogar como si también formáramos parte de la familia.

Éramos muchachos muy jóvenes que apenas comenzábamos a levantar vuelo, pero las circunstancias nos obligaban a madurar con rapidez. Sabíamos que aquellas reuniones y actividades entrañaban riesgos. En esos días, cuando una iniciativa política no contaba con el beneplácito del oficialismo, podía ponerse en juego la libertad y, en el peor de los casos, la vida. Esa realidad nos enseñó el valor de la discreción, la solidaridad y la lealtad. También nos hizo comprender que la amistad se prueba de manera distinta cuando compartir una idea, un lugar de reunión o una causa común podía traer consecuencias.

No idealizo aquellos años. Hubo miedo, sectarismos, errores e imprudencias; hubo familias que sufrieron y jóvenes cuyos proyectos quedaron truncados. Pero también existieron una extraordinaria voluntad de servicio, una sed de conocimiento y una solidaridad que atravesaba los barrios, las escuelas y los clubes. Muchos aprendimos allí que la política, cuando nace de convicciones auténticas, no debe ser una búsqueda de ventajas personales, sino una forma de ponerse al servicio de los demás.

Al escuchar la interesante entrevista del maestro Juan Villar, mi entrañable amigo Moreno, y conocer con mayor amplitud la labor que ha desarrollado en favor de las familias dominicanas que, empujadas por las dificultades económicas, emigraron a los Estados Unidos, comprendo que el tiempo no cambió la esencia de aquel joven responsable que conocí época y conservo el privilegio de preservar su amistad que valoro. Cambiaron los escenarios y la vida nos disgregó por diferentes espacios del mundo, los métodos y las circunstancias también, pero permaneció intacta su vocación de acompañar, orientar y servir.

Por eso, una vez más, quedo persuadido de que he sabido escoger a mis amigos y de que tengo suficientes motivos para sentirme orgulloso de ellos. Juan Villar, mi amigo Moreno, ha continuado bajo otras condiciones y desde otra vertiente el camino que comenzó en aquellos años de adolescencia y juventud. Dondequiera que se encuentre, seguirá avanzando sin pausa en pos de la utopía; y cuando logre acercarse a ella, como siempre ha intentado hacerlo, la pondrá al servicio de los dominicanos, de sus sueños y de sus esperanzas.

Redacción El Ocoeño

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