Por Rodolfo Báez
Cuando supe que te fuiste, Urraca,
no fue miedo lo que me sacudió,
sino el peso brutal de lo frágil que es la vida.
De lo fácil que se rompe.
Ahora habrá silencio donde estaban tus palabras,
esas que rebotaban en los pasillos de la UASD,
en las aulas de filosofía,
entre mis argumentos de creyente y tus carcajadas de ateo.
Yo que soñaba con convertirte, pero la vida te dio alas.
Ahora te cuentan en ese 221.
Un número casi supersticioso.
¡Qué número tan feo para contar muerto!
“221 muertos”, dicen los periódicos con una jodida tristeza.
Ruddy Pérez también se fue, con su voz de ángel,
y un montón de gente buena
pedazos de almas arrancados la misma noche.
Por lo menos no te vas solo.
Tienes buena compañía para tu vuelo,
y hasta me atrevo a jurar que te oigo decirlo.
“Gato, el que muere en una fiesta
es la persona más feliz del mundo.
No hubiera deseado otra cosa”.
“Cállate, Urraca’’, grito,
pero ya no estás para oírme.
Por eso lloro.
Por ti, Urraca.
Por ti, que no dejabas de llamarme Gato,
ese seudónimo infantil
con el que empecé a transitar este camino
donde eras un atleta,
a ti que maldecías al Parnaso dominicano
con la rabia de quien conoce todos sus defectos.
“Chismosos, engreídos, clasistas”,
decías, y yo reía,
porque eras el único que podía hacerlo.
¿Quién me traerá ahora los chismes literarios?
¿Con quién me sentaré en una mesa a devorar libros
mientras maldices a tus “enemigos literarios”?
Te dejé mi biblioteca casi entera cuando me mudé a Texas.
Eras el único al que se la dejaría sin llorar tanto,
pues eras tan avaro de libros como yo.
Espero que el cemento maldito del Jet Set que te sepultó
te encontrara borracho de libros y alcohol,
que no hayas sentido nada.
Que tu viaje al más allá haya sido un suspiro,
como el que dabas al terminar un buen libro
y no un grito
como el que te salía cuando leías a unos de tus “enemigos literarios”
a los que te encantaba leer.
Azúa no sabe lo que perdió.
El mundo tampoco.
Porque cuando un lector como tú muere,
no es solo una vida la que se apaga,
son universos enteros.
Personajes que ya no nacerán,
ideas que no se escribirán…
tu voz que no volverá a decir
“Gato, escucha esta mierda”
con ese brillo en los ojos.
Hoy Caronte se niega a llevarte.
Su barca es demasiado pequeña para tu rebeldía.
Tampoco irás con Zeus,
porque te burlabas de él.
Así que te construirán un laberinto intermedio.
En él serás un Tántalo inmortal
desde donde empujarás este mundo con tus recuerdos.
No debiste irte sin darme ese abrazo
que tanto me prometías por teléfono.
Sin que conociera a tus hijos.
Sin que viera, al fin, si la fe te crecía.
Pero aquí estás ahora, Urraca:
tu sangre convertida en tinta,
en páginas que nunca se escribirán.
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