Por Luisana Lora Perelló
Hoy 8 de abril marcó un antes y un después para cientos de familias dominicanas. Aquella noche, lo que prometía ser un espacio de entretenimiento terminó convertido en escenario de una de las tragedias más dolorosas de los últimos años en el país.
El saldo sigue estremeciendo:
236 personas fallecidas y más de 200 heridas, muchas de ellas con secuelas permanentes.
Detrás de cada cifra hay historias interrumpidas.
Padres que ya no están.
Hijos que crecieron de golpe.
Familias que enfrentan no solo la ausencia, sino también las huellas emocionales que deja una pérdida inesperada.
Pero esta tragedia no comenzó esa noche.
Las evidencias que salieron a la luz posteriormente mostraron señales que hoy resultan imposibles de ignorar: deterioro estructural, filtraciones y condiciones que advertían que algo no estaba bien. No eran detalles aislados. Eran indicios.
Y, aun así, no se actuó a tiempo.A un año de lo ocurrido, el país recuerda. Se realizan actos conmemorativos, misas y vigilias en honor a las víctimas. La memoria intenta sostener lo que el tiempo no puede borrar.
En medio de los actos de recordación, la familia propietaria del establecimiento difundió un comunicado en el que afirma recordar “con respeto y dignidad a quienes partieron” y reconoce el dolor de las familias afectadas.Sin embargo, a un año de la tragedia, las palabras conviven con un proceso judicial que aún no despeja todas las dudas ni satisface la demanda de respuestas de una sociedad que sigue esperando más que gestos: espera consecuencias.
La audiencia preliminar del caso fue aplazada para el próximo 20 de abril de 2026, luego de que el juez del Primer Tribunal Colegiado del Distrito Nacional tomara la decisión tras la lectura de la acusación por parte del Ministerio Público, con el propósito de permitir que los querellantes concluyan sus intervenciones.
Este nuevo aplazamiento ha reavivado la preocupación de muchas familias, que temen que el proceso se prolongue y que la justicia no llegue con la firmeza que esperan.
Porque cuando una tragedia deja señales previas que no son atendidas, la discusión deja de centrarse únicamente en lo ocurrido y pasa inevitablemente al terreno de las responsabilidades.
Un año después, el dolor sigue presente.
La memoria sigue viva.
Y la justicia… aún está en proceso.
El verdadero desafío no es recordar una fecha.Es demostrar que como sociedad fuimos capaces de asumir responsabilidades.
Porque cuando una tragedia no deja consecuencias reales, todo vuelve a pasar… aunque nadie quiera admitirlo.
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