Por Luis Gonzalez Fabra
Al ver un arbol es dificil que pensemos en lo que realmente es, y ese es el problema: lo vemos. Lo disfrutamos por su sombra o su fruta, pero no pensamos en lo que hace: sostener la tierra bajo nuestros pies, filtrar el agua que después bevemos, frenar la lluvia antes de que se convierta en avalancha. Un árbol es infraestructura invisible. Y como toda infraestructura invisible, solo la notamos cuando falla.
La deforestación de nuestros bosques no se resuelve solo sembrando —que hace falta— sino entendiendo, para qué sirve un bosque.
La deforestación dominicana, comenzo casi al mismo tiempo que empezamos a existir como colonia. Los españoles no llegaron buscando árboles sino oro , y cuando el oro escaseó, se quedaron con la tierra. Ahí empezó todo: exportación de maderas preciosas que se fueron en barcos hacia Europa durante trescientos años, mientras aquí quedaba el hueco.
Lo que mas inquieta no es la lógica detrás. La isla nunca fue vista como un lugar para habitar en equilibrio, sino como un recurso para extraer. Y esa lógica no terminó con la colonia.
El periodo colonial fue un despojo lento, el siglo XX fue un incendio. La industria azucarera, primero, y después los aserraderos de los años cuarenta y cincuenta, consumieron lo que quedaba de bosque virgen. En apenas tres o cuatro décadas, bajo la dictadura de Trujillo, el país perdió la mayor parte de su cobertura forestal original.
Y aquí es donde la historia se interpela de otra forma. Porque no fue hasta 1966, que el Estado dominicano empezó a frenar en serio la destrucción. No nació de una conciencia colectiva ni de un clamor popular. Nació, en buena parte, de una presión externa. Reaccionamos cuando alguien de afuera nos señala, no cuando lo sentimos como propio.
Cuando se tala una loma, lo primero que se pierde no es el árbol: es el suelo que ese árbol sostenía. Sin raíces que la agarren, la tierra queda expuesta a la lluvia y esta se lleva capas enteras de suelo fértil hacia los ríos. Eso es erosión, y en las partes altas de nuestras cuencas —donde más se ha talado por madera, conucos o ganado— ocurre todos los días.
Ese suelo arrastrado termina en los ríos y, finalmente, en las presas. Ahí se llama sedimentación, y es uno de los problemas menos visibles pero más graves que enfrenta el país. Es un traslado silencioso: la montaña que perdimos allá arriba termina asfixiando el embalse que necesitamos aquí abajo.
Y todo esto desemboca, al final, en lo más básico: el agua que tomamos, con la que regamos, con la que se mueve buena parte de la economía agrícola del país. Menos bosque significa menos capacidad de absorber y regular el agua de lluvia, más sequías y presas que —además de llenarse de sedimento— ya no pueden almacenar lo que deberían. No es una amenaza lejana ni abstracta. Es la explicación de por qué hay comunidades donde el agua les llega racionada, o por qué algunos agricultores ven sus cosechas depender cada año más de la suerte que del clima.
Lo más grave de la deforestación no es solo la tierra que perdimos, sino la manera como la perdimos: sin ceremonia, sin que nadie la llorara. No hubo un día en que el país se detuviera a llorar un bosque. Se fue yendo, generación tras generación, hasta que se volvió normal ver montañas peladas, y preguntarnos cómo se veían esas mismas montañas hace cien años.
Y ahí está la verdadera pérdida: Cada generación hereda un paisaje disminuido y lo toma como punto de partida, sin saber que sus abuelos conocieron algo más frondoso. Así se normaliza la pérdida: no de golpe, sino por costumbre.
Sembrar árboles está bien, y ojalá se siga haciendo a mayor escala. Pero mientras sigamos viendo el bosque como paisaje y no como la infraestructura que en realidad es —la que evita que se nos vaya la tierra, la que llena de agua limpia nuestras presas, la que decide si un agricultor tiene con qué regar el año próximo— vamos a seguir plantando árboles con una mano mientras con la otra permitimos que se sigan talando las cabeceras de nuestros ríos. La pregunta no es cuántos árboles sembramos, sino si entendimos para qué sirven
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