Por Luis Medina Japa
Cualquiera que haya intentado emprender en República Dominicana conoce la historia: el negocio apenas abre sus puertas y, antes de generar el primer beneficio neto, ya tiene encima una maraña de exigencias fiscales. De golpe, el pequeño comerciante debe lidiar con el Impuesto Sobre la Renta (ISR), el ITBIS, retenciones, comprobantes fiscales, reportes mensuales de compras y ventas (el famoso 606 y 607), impuestos a los activos y tributos municipales.
La Dirección General de Impuestos Internos (DGII) ha intentado aligerar esa carga con el Régimen Simplificado de Tributación (RST). Sin embargo, en el día a día, el marco tributario sigue sintiéndose fragmentado y pesado. El dilema no es que en el país falten intenciones de simplificar, sino que la vía formal sigue pareciendo un vía crucis tan complejo que muchos prefieren quedarse en la sombra de la informalidad.
Una mirada al vecindario regional
América Latina nos ofrece varios espejos donde mirarnos, no para copiar modelos a ciegas, sino para entender cómo otros países han logrado simplificar la vida al contribuyente pequeño:
Simplificar no significa aflojar la fiscalización
Existe el temor recurrente de que simplificar el cobro implique perder recaudación o darle vía libre a la evasión. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) lo ha advertido con claridad: los regímenes especiales ayudan a formalizar y amplían la base de contribuyentes, pero deben diseñarse con límites estrictos para evitar que grandes empresas se dividan artificialmente para pagar menos.
Simplificar no es regalar impuestos. Al contrario: un sistema más sencillo, apoyado en la factura electrónica y cruces automáticos de datos, le permite a la administración tributaria fiscalizar mejor mediante inteligencia de riesgo, concentrando sus esfuerzos donde realmente están las grandes bolsas de evasión.
Una propuesta en cinco peldaños para el contexto dominicano
Si adaptamos estas lecciones a nuestra realidad, la República Dominicana podría organizar su sistema tributario en una escalera de cinco niveles adaptada al tamaño real del negocio:
Formalizarse para crecer
Ninguna reforma tributaria funciona si el ciudadano no percibe su utilidad. La formalidad tiene que venderse no solo como una obligación fiscal, sino como el acceso real al crédito bancario, a contratos con el Estado, a cadenas de suministros formales y a protección social.
República Dominicana no tiene por qué elegir entre aumentar su recaudación o respaldar a sus emprendedores. El reto de nuestro sistema es lograr que un negocio pequeño pueda formalizarse sin quedar atrapado en la burocracia pensada para una empresa multinacional. Con tecnología para controlar y reglas claras para facilitar, la formalidad dejará de ser un castigo y pasará a ser la puerta de entrada al desarrollo.
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