Por Asdrovel Tejeda
El Réquiem de Atabey
Y llegaron ellos en manada, prometiendo promesas, calles de adoquines rosas, mansiones de oropel y valles de caudalosas burbujas de champán francés; armados de picas, palas y dinamita escondida en el forro de la lengua, directo al centro de la loma de donde salía el chorrito de agua que, más abajo, se vestía de río imponente.
Rodeados de plañideras, científicos comprados a plazos, de políticos con ánimo de progresar, no de progreso; comerciantes de espejitos y pitos, payasos de risas tristes y el funcionario en traje de tres piezas que solo deja promesas.
—¡Por este camino se va a la gloria!— dijeron, enseñando en pinturas de cartón piedra ciudades de rascacielos y trenes colgados del vacío. Seremos la ciudad dorada, los siete parajes de Cíbola, la región de pan y vino, el centro del vellocino de oro.
Entonces, replicando sus verdades por los medios y los corrillos, con personajes de chistera y guantes de seda, rompieron por la mitad la montaña, sembrando sus postes de hormigón; abrieron cráteres de queso, como la luna, y debajo de las piedras sembraron a los muertos.
Entonces, agotadas las minas, entre huesos olvidados regados entre hierros oxidados, se oye la voz suplicante de niños famélicos:
—Agua, mamá. Agua, papá.
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