Acerca de las Elecciones Presidenciales del 2028 y el escenario político que el PRM no debe ignorar

Por Alfredo Arias Lara
alfredoariaslara@gmail.com
A dos años de las elecciones presidenciales de 2028, todo parece indicar que el partido oficialista parte con una ventaja significativa sobre sus adversarios. Las encuestas, la fortaleza institucional del Gobierno, la fragmentación opositora y la ausencia de un liderazgo opositor claramente dominante configuran un escenario que, a simple vista, favorece una nueva victoria electoral del oficialismo.
Sin embargo, la política también es el arte de interpretar correctamente las apariencias del momento. Lo que hoy parece una ruta despejada podría transformarse mañana en un camino lleno de obstáculos. Ninguna organización política debería confundir ventaja coyuntural con victoria asegurada.
Existen varios factores que favorecen actualmente al partido gobernante.
En primer lugar, la evidente debilidad y dispersión de la oposición tradicional. Tanto el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) como la Fuerza del Pueblo (FP) continúan disputándose el liderazgo de un mismo espacio político y electoral, situación que beneficia directamente al oficialismo.
En segundo término, la existencia de numerosos partidos pequeños y organizaciones bisagras que históricamente han orientado sus alianzas hacia quienes exhiben mayores posibilidades de alcanzar el poder. Esa realidad fortalece al Gobierno, pues gran parte de esas estructuras suele acercarse al polo político que aparenta mayores probabilidades de triunfo.
Un tercer elemento favorable es una vieja máxima de la ciencia política de que: el poder engendra poder. La administración de los recursos del Estado, la visibilidad de la gestión pública y la capacidad de producir resultados tangibles constituyen ventajas objetivas para cualquier gobierno que aspire a reelegir su proyecto político.
A ello se suma un cuarto factor: el desgaste natural del ejercicio gubernamental aún no parece haber alcanzado niveles críticos. Aunque existen contradicciones, inconformidades y tensiones internas, el germen de la división aún no advierte su presencia, lo cual no produce todavía ninguna fractura interna de magnitud capaz de poner en peligro la cohesión del partido oficialista.
También contribuye a ese escenario la percepción pública derivada de diversos procesos judiciales contra exfuncionarios de administraciones anteriores, situación que mantiene vigente en sectores importantes del electorado la comparación entre pasado y presente.
Pero precisamente cuando todos estos elementos parecen alinearse favorablemente para el oficialismo surge la pregunta fundamental: ¿dónde reside el riesgo razonable de una posible derrota electoral del PRM en el 2028?
La respuesta podría encontrarse en una realidad política que algunos prefieren ignorar.
Por más intensa que sea la competencia actual entre el PLD y la Fuerza del Pueblo, no parece cierto que ambas organizaciones estén más alejadas entre sí que del partido oficialista. Por el contrario, comparten una misma raíz política, una historia común de gobierno, liderazgos provenientes de una misma tradición partidaria y una base electoral con importantes coincidencias sociológicas e ideológicas.
Hoy pueden actuar como adversarios. Mañana podrían comportarse como aliados circunstanciales.
Esa es la ventana estratégica que no debería ser subestimada.
En una eventual segunda vuelta electoral, las diferencias que hoy los separan podrían resultar mucho menos importantes que el objetivo común de desplazar al oficialismo del poder. La política dominicana ha demostrado reiteradamente que las rivalidades más intensas suelen colocarse en un segundo plano cuando aparece la posibilidad real de alcanzar el gobierno.
En ese escenario, una convergencia electoral entre las principales fuerzas opositoras podría atraer además a gran parte de los partidos bisagras y de aquellos actores políticos cuya principal característica ha sido acompañar al bloque que perciben con mayores posibilidades de victoria, y los que por descontento partidario y con la gestión gubernamental, principalmente de varias autoridades provinciales, también podrían sumarse.
La historia enseña que los procesos electorales no se deciden únicamente por la fortaleza propia, sino también por la capacidad del adversario para construir mayorías.
Por eso, el desafío principal del oficialismo no consiste únicamente en administrar eficientemente el Estado o conservar elevados niveles de popularidad. Su reto consiste en evitar que sus opositores encuentren un punto de convergencia capaz de transformar la dispersión actual en una poderosa coalición electoral.
Las elecciones de 2028 todavía están lejos. Sin embargo, desde ahora puede afirmarse que el mayor peligro para el partido gobernante no proviene de una oposición dividida, sino de una oposición que descubra que tiene más razones para unirse que para continuar enfrentándose.
La política, al final, suele premiar a quienes interpretan correctamente las señales del futuro y castigar a quienes terminan creyendo que las circunstancias del presente serán permanentes.
La enseñanza de la historia electoral dominicana
La historia política dominicana demuestra que ninguna fuerza política debe asumir como irreversible una ventaja electoral coyuntural. Las elecciones presidenciales han estado marcadas por alianzas inesperadas, reagrupamientos de adversarios y cambios de comportamiento del electorado que modificaron escenarios que parecían definidos.
En 1978, el desgaste acumulado del gobierno reformista abrió paso al triunfo del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), iniciando una nueva etapa política. En 1996, una alianza que pocos años antes habría parecido improbable alteró significativamente el panorama electoral de la segunda vuelta. Se trató del sorprendente pacto electoral entre el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) y el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC), que evitó la victoria electoral del otrora fuerte Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y su Candidato y Líder, Dr. José Francisco Peña Gómez.
En el año 2000, la división y el desgaste de fuerzas tradicionales favorecieron el ascenso de una nueva mayoría electoral.
Posteriormente, en distintos procesos electorales, las alianzas, los acuerdos tácticos y la transferencia de apoyos entre organizaciones demostraron que la política dominicana rara vez permanece estática. Las elecciones se ganan no solamente con los votos propios, sino también con la capacidad de sumar voluntades ajenas.
Por ello, quienes hoy observan una oposición fragmentada deben recordar que la historia electoral dominicana ofrece numerosos ejemplos de adversarios que terminaron convergiendo alrededor de un objetivo común. Las circunstancias cambian, los intereses se reordenan y las estrategias se adaptan.
La principal lección histórica es sencilla: ninguna ventaja política debe confundirse con una garantía de victoria. En democracia, el resultado final siempre dependerá de la capacidad de construir mayorías, especialmente cuando los electores son convocados a una segunda vuelta electoral.
El autor es Ocoeño,Educador, Abogado y Analista Político.



