Opiniones

El clamor sordo de Ocoa: Impunidad tras el asesinato del anciano Espeditin Díaz

Por Omar Ureña
San José de Ocoa

José Díaz, agricultor de manos curtidas y piel gastada por el sol, alza la voz con el alma destrozada para clamar contra la fría e indiferente justicia terrenal, encarnada en esta ocasión por la insensible labor de ciertos jueces de San José de Ocoa.

​La tragedia de la familia Díaz comenzó el día en que dos desaprensivos atacaron salvajemente con un palo a su anciano padre, Espeditin Díaz, para despojarlo de lo poco que tenía.

Entre el dolor y la agonía estando consciente en un banco del hospital, el anciano sacó fuerzas de donde no tenía para revelar a su hijo los nombres de los verdugos que le arruinaron la vida. Sin embargo, las secuelas de aquel brutal atentado fueron demasiado desgarradoras: tras someterse a una delicada cirugía, el cuerpo maltrecho de Espeditin no resistió más y terminó rindiéndose a la muerte.

​Hoy, la impunidad pasea descaradamente por las calles. Un tribunal evacuaría una vergonzosa sentencia declarando insuficiencia de pruebas, dejando libre a los presuntos asaltantes.

Los magistrados ignoraron olímpicamente que uno de los propios imputados acusó directamente a su compinche durante el cautiverio, confesando la agresión contra el indefenso anciano.

​La impotencia consume a un hijo que no encuentra consuelo. Desesperado, José anda por los rincones clamando justicia hasta a los palos de luz, buscando una respuesta que calme la angustia y la sofocante ansiedad de saber que la tumba de su padre permanece profanada por la injusticia.

​Resulta inaceptable ampararse en el viejo dilema de que «es mejor cien culpables libres que un inocente preso» para justificar semejante adefesio jurídico.

Existe un registro audiovisual desgarrador donde se señala sin titubeos a uno de los agresores, un tal Goti Goti.

¿Cómo es posible que una acusación tan contundente, sumada al testimonio agónico de la víctima, sea ignorada como elemento de prueba?

​Para colmo de males, la verdad ha sido pisoteada repetidamente en este proceso. José aclaró de forma tajante que las declaraciones del doctor Garrido carecen de toda veracidad, pues la profesional que atendió y asistió a su padre en sus últimos momentos fue la doctora Yanina Hernández, médico general y no el mentado galeno, cuyos informes parecen construidos para enturbiar aún más el caso.

​El silencio de las autoridades retumba como un eco maldito en los campos de Ocoa, mientras los asesinos caminan entre la gente con la frente en alto, riéndose de la memoria de un hombre honrado. Cada amanecer es una punzada en el pecho para José, quien contempla las herramientas de trabajo de su progenitor acumulando polvo en un rincón de la casa, mudas testigas de un crimen que clama al cielo.

​¿Hasta cuándo la balanza de la justicia seguirá inclinándose a favor de los verdugos? Si el tribunal insiste en dar la espalda a la evidencia y al dolor de una familia devastada, no solo habrán matado a Espeditin en aquella agresión cobarde; habrán sepultado también la última esperanza de un pueblo que ve cómo la impunidad le arranca la dignidad a zarpazos.

Redacción El Ocoeño

El sitio informativo de la comunidad ocoeña en el mundo. Periódico líder de San José de Ocoa y la Región Sur dedicado a historias y noticias generales.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba
error: Contenido protegido