Opiniones

El principio del fin no es la pobreza: es la impunidad

Por Asdrovel Tejeda

Un Estado no se sostiene por discursos, ni por símbolos, ni por consignas patrióticas. Se sostiene por algo mucho más simple y mucho más difícil: el cumplimiento de la ley.

Cuando la ley deja de ser un marco obligatorio y pasa a ser una sugerencia negociable, lo que emerge no es libertad, sino desorden. Y el desorden, cuando se normaliza, no tarda en convertirse en sistema. Ahí comienza el verdadero proceso de descomposición de una nación.

Ni siquiera hay que mirar muy lejos para entenderlo. Basta observar cualquier sociedad donde las normas han dejado de aplicarse con consistencia: lo que aparece no es justicia social, sino arbitrariedad; no es igualdad, sino privilegios informales; no es convivencia, sino supervivencia.

La República Dominicana no es ajena a ese riesgo. Y no por factores externos, como muchos prefieren simplificar, sino por una erosión interna mucho más peligrosa: la justificación constante de la ilegalidad.

Hoy se aplaude al que viola la ley si logra encajar en una narrativa conveniente. Se excusa al que invade propiedad ajena, al que irrespeta las normas de tránsito, al que convierte el espacio público en territorio sin reglas. Todo encuentra defensa: la necesidad, la costumbre, la viveza, el “así somos”.

Pero la ley no puede operar bajo simpatías. La ley, o es general, o deja de ser ley.

El caso reciente de un ciudadano que reaccionó con violencia —arma en mano— y fue celebrado por sectores de la opinión pública no es un hecho aislado. Es un síntoma. Más preocupante aún es que voces con responsabilidad institucional no solo lo relativicen, sino que lo justifiquen.

Ahí está el punto de quiebre.

Porque cuando quienes deben crear, defender y hacer cumplir las normas participan en su debilitamiento, el problema deja de ser social y pasa a ser estructural. Se rompe el principio de autoridad legítima, y sin autoridad legítima no hay Estado, solo apariencia de Estado.

La historia es clara en esto: las sociedades no colapsan únicamente por pobreza o por conflictos externos. Colapsan cuando pierden la capacidad de hacer cumplir sus propias reglas.

No es un proceso inmediato. Es gradual, casi imperceptible al principio. Se manifiesta en pequeñas concesiones: una infracción tolerada, una norma ignorada, una excepción justificada. Hasta que, sin darse cuenta, la excepción se convierte en norma y la norma en recuerdo.

El verdadero peligro no es el que infringe la ley. Siempre habrá quien lo haga. El verdadero peligro es la sociedad que lo aplaude y el liderazgo que lo legitima.

Porque en ese punto ya no se pierde solo el orden: se pierde el país.

Y cuando una nación pierde el respeto por la ley, no necesita que la destruyan desde fuera; se desmorona sola, desde adentro.

Redacción El Ocoeño

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