Opiniones

La estatura de un diputado: Freddy S. Báez o el deber sin ruido

Por Asdrovel Tejeda

¡Sí! También hubo un tiempo, no tan distante, en el que existía un alto grado de respeto a la dignidad y a los espacios del otro; donde no había “musicólogos” imponiendo sus “gutos” y sus antivalores. Había un sentido de convivencia sana.

Todavía existía un parque donde la familia se reunía y, después de misa, se daba la media vuelta en busca de un sí o de una mirada que hacía suspirar los sueños. Aún no lo habían cambiado por el play de los chulos.

Existían hombres a los que les pesaba el ruedo de los pantalones; era la época en que los diputados y funcionarios electos no se escogían por la cantidad repartida de alas de pollo, patas y cocotes, ni por los quinientos del pote, ni por los gramos que entraban en la ecuación.

La vergüenza no era un artículo de lujo. Se amaba lo que éramos y el pueblo que se fue construyendo sobre la base del trabajo, la consideración, el acatamiento de las normas y el valor intrínseco de la deferencia y la estima.

Todavía el ejercicio del voto se hacía con amor a la patria, por responsabilidad cívica y con la esperanza de enarbolar el desarrollo integral por cada uno de los caminos de la nación.

¡Entonces llegaron los partidos y sus huestes, pesarosas, en el caballo de Atila (Othar), y nos partieron el país!
¡No ha vuelto a crecer la hierba de la vergüenza ni del pudor!

Mientras se reparten placas, proclamas, certificados, medallas, medallistas, cintas, cintillos y alguna que otra canonjía —parece un tsunami—, se va olvidando la historia y a los hombres que alumbraron los caminos, como Freddy S.Báez, por ejemplo.

Don Freddy Báez Figuereo, electo a una curul, representó a la provincia con un profundo sentido del deber, con la dignidad propia de los hombres que respetan sus raíces y la impronta de su historia. En un país dividido, agredido, en armas, estuvo ahí, en el puesto que el pueblo le había dado. Bajo el sonido de balas invasoras, permaneció en el edificio Copello y fue de los diputados que invistieron al coronel Caamaño como presidente transitorio.

Un hombre-historia, al que solía ver caminar sin ostentación ni grandeza por las calles del pueblo que representó con la calidad suprema de los buenos.

Ojalá se rescate su recuerdo y que sirva de inspiración y orgullo para un pueblo que ve, con desesperanza, cómo se desparraman sus valores.

Merece más que homenajes vacíos: merece justicia en la memoria. Lo demás es seguir enterrando, con flores, lo poco que nos queda de dignidad.

Redacción El Ocoeño

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